Hay lugares que parecen guardar un secreto a voces: están cerca de todo y, sin embargo, el tiempo allí transcurre de otra manera. Gójar es uno de ellos. Situado en la falda meridional de la Vega de Granada, a los pies de Sierra Nevada y a apenas 8-9 kilómetros de la capital, este pequeño municipio conserva algo que muchos pueblos del entorno urbano han ido perdiendo: una plaza donde todavía se para el tiempo.

Un pueblo, dos paisajes

Gójar tiene la rara virtud de mirar en dos direcciones a la vez. Hacia el sur, las estribaciones de Sierra Nevada; hacia el norte, la Vega fértil que se extiende hasta Granada. Entre ambos paisajes, el pueblo se organiza en torno a su plaza, con el ritmo pausado de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte porque ya ha llegado.

Esa cercanía con la capital —a diez minutos en coche de la Alhambra, del Albaicín, de todo lo que uno imagina cuando piensa en Granada— es también su virtud silenciosa: puedes tener la ciudad al alcance de la mano y, al volver, encontrar la calma de un pueblo donde el ruido no ha hecho todavía su nido.

Raíces que vienen de lejos

Los orígenes de Gójar se remontan a la época andalusí, cuando estas tierras se dedicaban al cultivo y al pastoreo, aprovechando el agua y los montes cercanos. Fue conquistado por los Reyes Católicos en su avance final hacia Granada, y tras la expulsión de los moriscos en el siglo XVI, Felipe II repobló el municipio con colonos llegados de otras regiones de España. Durante siglos, el pueblo fue incluso conocido como Gójar de la Vega, un nombre que resume bien su identidad: pueblo y huerta, casa y tierra.

De ese pasado quedan huellas que todavía se pueden recorrer: la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz, la Casa Grande, la Casa de la Tercia y antiguos molinos y almazaras, como los de Vedril y Ampuero, testigos de una economía agrícola que sigue muy presente en el paisaje y en la mesa.

Senderos para quien busca moverse despacio

Gójar es, además, un punto de partida natural para quienes disfrutan caminar. El municipio está impulsando una red de cuatro senderos homologados, con más de 28 kilómetros señalizados que combinan paisaje de montaña, vega fluvial y patrimonio cultural:

  • Collado del Fraile – Boca de la Pescá (5,1 km, circular)
  • Gójar – Área recreativa Collado del Fraile (9,1 km, circular, dificultad media-alta, con vistas de 360° desde el Cerro del Sójar)
  • Solana del Alamillo (7,2 km, ideal para familias)
  • Vega de Gójar (7,2 km)

Rutas con nombres que ya son, en sí mismos, pequeños poemas: Boca de la Pescá, Fuente del Artillero, Cerro del Bufón. Para quienes prefieren algo más corto, también hay paseos sencillos de menos de tres kilómetros que arrancan desde la propia plaza del pueblo.

A solo diez minutos en coche, los vecinos municipios de Dílar y Monachil ofrecen además zonas de río donde refrescarse en verano, completando un entorno perfecto tanto para el senderismo tranquilo como para quienes buscan actividad al aire libre.

Vivir al ritmo del pueblo

Más allá de sus rutas y su patrimonio, lo que distingue a Gójar es lo cotidiano: la plaza donde se cruzan los vecinos, el olor a vega que sube en las tardes de verano, la feria de septiembre que llena de vida las calles durante unos días. Es ese equilibrio —entre lo rural y lo cercano, entre el silencio y la ciudad a un paso— lo que convierte a Gójar en un lugar tan especial para quedarse.

Y es precisamente en el corazón de ese pueblo, junto a su plaza, donde tiene sus raíces Raro de Luna: una casa que entiende esta tierra porque, en cierto modo, está hecha de ella.